La verdad incómoda que nadie te dice sobre lograr lo que quieres.
“La vida es como un autoservicio: primero pagas, luego comes”. La frase me sonó bonita, pero inmediatamente me surgió la duda: ¿qué significa realmente? ¿Cómo que pagar el precio primero? ¿A quién debo pagar para obtener lo que quiero? Definitivamente quedé muy confundido después de escuchar esta frase.
Pasó un tiempo hasta que logré comprenderla, y ahora quiero que tú tengas ese conocimiento sin que te tome tanto tiempo entenderlo. Pero hay algo importante que debo recordarte: saber algo no genera un cambio. A mí tampoco me ocurrió. El cambio solo aparece cuando aplicamos lo aprendido.
El “precio” se refiere a un cambio mental, a un cambio de actitud.
Por ejemplo: puedo decir “en seis años quiero ser ingeniero porque quiero brindar soluciones para mejorar la vida de las personas”. Para lograrlo, primero debo ingresar a la universidad. Antes tendré que estudiar, solo o con ayuda de profesores; organizar un horario y dar tiempo también a mis otras actividades. Además, debo definir qué áreas influirán directamente en mis estudios: ejercicio, alimentación, sueño, ocio, entre otras. Ya definí mi objetivo y también mis puntos de control. Ahora toca pasar a la acción: ordenar mi tiempo y asumir un cambio de actitud. Y, siendo sincero, no es fácil comparado con la tranquilidad de descansar, pasar tiempo en videojuegos o navegar en redes sociales. Entonces el resultado vendrá, y la prueba será el examen de admisión. Si pagué el precio completo, lograré mi ingreso; si no lo hice, tendré que volver a intentarlo. Pasé el examen de admisión. Ahora toca seguir pagando el precio para poder terminar satisfactoriamente la carrera y aprender lo necesario para convertirme en el ingeniero que decidí ser. Y así sucede con muchas cosas en la vida: cada objetivo es un nuevo comienzo en el que debo volver a pagar el precio para obtener lo que quiero.
Yo decido qué precio estoy dispuesto a pagar, y en esa misma proporción la vida me entregará los resultados. No existe la “mala suerte” ni la idea de “no obtengo de la vida lo que deseo”. Solo existen resultados, y yo soy responsable de los resultados que obtengo. Nadie afuera es responsable: no tiene sentido culpar al gobierno, a la economía, al país, al clima o a mis familiares. El único responsable soy yo.
Por eso, primero debo definir claramente qué quiero de la vida y escribir el precio que estoy dispuesto a pagar. Cuando eso queda claro, también queda claro lo que debo hacer. Después de eso, queda en mí hacerlo.